Hábitos: Los peligros de compararse

¿Qué tan bueno es compararse? Al menos en el proceso de cambio, mejora y generación de hábitos en uno mismo, la respuesta es: depende. Depende de cómo y para qué la usamos. A continuación, 3 formas en que usamos la comparación de manera destructiva y un par de ideas en que podemos usarla de manera constructiva para ayudarnos a generar los cambios y hábitos que queremos:

FORMA NEGATIVA DE COMPARARME 1: EL ESTÁNDAR IMPOSIBLE

“NO ES LA VIDA REAL- Hacer que mi estómago se viera bien en esta foto, me tomó más de 100 poses similares. Prácticamente no había comido nada ese día. Le hubiera seguido gritando a mi hermana pequeña que siga tomando fotos, hasta que me sintiera de alguna manera orgullosa de esto.”

A finales del 2015 Essena O’Neil decidió borrar todas sus fotos de Instagram y repostear -para su casi millón de seguidores- varias de ellas, pero con el “behind the scenes” o “tras bambalinas” de lo que realmente implicó tomar sus fotos, a fin de generar conciencia en las personas. Aquí 2 más:

“Lo único que me hizo sentir bien ese día fue esta foto. Qué deprimente. Tener un cuerpo tonificado no es todo lo que nosotros, como humanos, somos capaces de conseguir”.

“En esta foto tenía acné, tengo un montón de maquillaje. Estaba sonriendo porque pensaba que me veía bien. La felicidad basada en la estética sofocará tu potencial aquí en la tierra.”

Ver estas fotos sin saber lo que realmente significó tomarlas, hace fácil imaginarse a alguna adolescente con acné y con algún rollito en el estómago, sintiéndose muy fea y pensando “nunca podré ser así”, cuando ni siquiera la modelo de la foto lo es. El estándar imposible nos hace sentir que aquello que nos gustaría está tan pero tan lejos que ni siquiera vale la pena intentar hacer algo para llegar ahí. Esto hace que me sienta mal conmigo mismo y me empiece a hundir en un mar de emociones negativas, generando un círculo vicioso que me hace estar cada vez peor.

Uso este ejemplo por lo gráfico que es, entendiendo que varios podrían pensar “las adolescentes no deberían trabajar para lograr un estándar de belleza determinado”, pero lo que de verdad me importa es esto: compararme con estándares imposibles me restará fuerza, motivación y consistencia a cualquier intento de mejora, en cualquier área a tal punto, que ni siquiera llego a trabajar en un hábito.

¿Cómo hacer esta comparación saludable?

Dado lo anterior, necesitamos tomar mayor conciencia y definir si los estándares por los que me comparo, se condicen con la realidad.

A parte del estándar físico imposible ejemplificado con el caso de Essena O’Neil, hay muchos otros ejemplos, como el estándar imposible que la sociedad le impone a las mujeres para que sean madres-trabajadoras perfectas, el tener que crear un negocio exitoso a la primera porque cualquier otra cosa es fracaso, o generar un nuevo hábito de manera rápida y sin mayor esfuerzo: Las historias de cambios profundos y rápidos son muy populares, pero rara vez son verdad.

Piensa en la última vez que te sentiste mal contigo mismo/a: ¿contra qué estándar te estabas comparando?

Cuando te pones la meta de generar un nuevo hábito ¿tienes la expectativa de tener grandes logros y avances en un tiempo corto (estándar imposible) o la expectativa de construir consistente y sólidamente nuevos resultados (el nuevo hábito)?

FORMA NEGATIVA DE COMPARARME 2: EL ESTÁNDAR FALSO

Nadie se compararía con Superman, porque sabemos que no existe. Algunos podrían comprarse con Tony Stark, dado que -aunque difícil- es más posible hacer lo que él hace (de hecho, algunos lo comparan con Elon Musk). ¿Y qué pasa con Kenneth Lay, el CEO de Enron? ¿Cuántos de los consejos que dio antes de que se supiera que llevó fraudulentamente a su empresa a la bancarrota más costosa al día de hoy? Existen distintos tipos de estándares falsos que podemos usar para compararnos.

La sabiduría convencional dice que si quiero ser exitoso, debo escuchar y hacer lo que los exitosos dicen y hacen. Cuando escucho el consejo de alguien que sabe, en quien confío o le creo, automática e inconcientemente comparo lo que dice con mi propio comportamiento. Pero ¿cómo me entero de dichos consejos? A través de las palabras. Puede sonar obvio, pero dado que la gran mayoría de las personas no trabajamos directamente y de forma íntima con estos líderes que tienen grandes logros, nos vemos obligados a leer los libros, escuchar las historias y creer dichas palabras o consejos. Y en creerlas podría estar la trampa, ya que inventar palabras o historias es fácil. Jeffrey Pfeffer en su libro “Power” dice:

“No te compres automáticamente los consejos de los grandes líderes. Podrían ser útiles, pero también podrían nacer del deseo de engrandecerse a ellos mismos. Un estudio de 1.000 currículums mostró que en más de un 40% de ellos habían errores importantes (mentiras). Si la gente inventa tener títulos universitarios y experiencia laboral -cosas que pueden ser verificadas- ¿piensas que todos son totalmente honestos cuando describen aspectos de su comportamiento que son más difíciles de verificar?”*

En otras palabras palabras, podrías estarte comparando a ti o tu comportamiento con una mentira, no con una persona ni con lo que una persona hace.

¿Cómo hacer esta comparación saludable?

Sin duda que hay mucha literatura y consejos muy útiles de varios líderes o autoridades en una materia. Pero, para diferenciarlo del que no nos ayudará, tomemos cada consejo que escuchemos en un video, un libro o un artículo (este mismo incluido) con una pizca de sal: incorporémoslo con una visión de experimentar, más que el de una verdad absoluta. Si suena demasiado bueno para ser verdad, es porque probablemente lo es. Incorporemos dichos consejos de manera paulatina y no de forma abrupta.

¿Cuestiono los consejos que recibo -de personas, libros u otras fuentes- lo suficiente como para no incorporar un mal consejo, pero nunca tanto como para no recibir ningún consejo de nadie?

¿Dejo que las muchas ganas que tengo de que algún consejo sea verdad y útil, nublen mi juicio para determinar si el consejo es realmente útil o no?

FORMA NEGATIVA DE COMPARARME 3: EL ESTÁNDAR RELATIVO

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Si una persona que gana $8.000 dólares mensuales se compara con alguien que gana el sueldo mínimo, se siente millonario, pero si se compara con un billonario, puede llegar a sentir que gana menos del mínimo. Si como padre se compara con un papá alcohólico y drogadicto que maltrata a sus hijos y no los cuida, se sentirá un súper buen papá, pero si se compara con el que es abnegado por su familia y vive para sus hijos, se sentirá mal papá. Si compara su resistencia con la de Mat Fraser, el ganador de los últimos 4 torneos mundiales de Crossfit, se sentirá débil y flojo, pero si se compara con alguien no ha hecho ejercicio ni un día de su vida, se sentirá todo un Mat Fraser.

Muchas veces con qué o con quién nos estamos comparando, genera nuestro estado de ánimo o motivación. A veces no nos comparamos con nada o con nadie, excepto un estándar que tenemos en nuestra cabeza. Por eso, hay gente que a pesar de sus muchos logros siente que no ha logrado nada, y hay otros que, a pesar de no haber logrado nada, sienten como si lo hubieran logrado todo.

¿Cómo hacer esta comparación saludable?

Usemos este relativismo a nuestro favor: Usemos el punto de comparación que más nos ayude para hacer lo que necesitamos hacer. Después de todo, la vida es en gran medida lo que decidimos mirar. Si para mantener la consistencia necesito sentirme bien conmigo mismo, usemos un estándar más generoso con nosotros mismos. Si me estoy sintiendo muy cómodo donde estoy, usemos un estándar más exigente que me saque de esa zona de confort.

Comparar mis resultados con los de otra persona ¿me motiva a esforzarme más y seguir trabajando con más fuerza o bien me deprime y me dan ganas de darme por vencido?

CONCLUSIÓN

A veces es difícil no comparar ni compararnos. Desde pequeños nos comparan con nuestros hermanos, dan reconocimientos de 1er lugar en el curso y estamos expuestos a estereotipos difíciles o imposibles de lograr. Pero, independiente de lo que nos haya enseñado o cómo nos hayan enseñado, podemos usar la comparación en su justa medida a nuestro favor, para acercarnos más a lo que queremos llegar. Aunque, muchas veces, será necesario olvidarme de todo a mi alrededor y sólo compararme conmigo mismo.

*El párrafo citado fue adaptado por mí del capítulo introductorio del libro, sección “Cuídate de la literatura de liderazgo”.

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